La ruptura entre pensamiento, lenguaje y realidad
- Juan Martín López Calva
Es preciso no olvidar que hay un movimiento dinámico entre pensamiento, lenguaje y realidad del cual, si se asume bien, resulta una creciente capacidad creadora, de tal modo que cuanto más integralmente vivimos ese movimiento tanto más nos transformamos en sujetos criticos del proceso de conocer, enseñar, aprender, leer, escribir, estudiar.
Paulo Freire. Cartas a quien pretende enseñar, p. 24.
La educación es, en esencia, un proceso creativo mediante el cual se van construyendo aprendizajes de conocimientos, desarrollo de habilidades y formación de la libertad de cada educando, tres dimensiones que nunca ocurren de la misma forma en todos los sujetos, por más que se siga un mismo programa de estudios o se tenga a un docente que maneje de manera rutinaria los contenidos de ese programa, sin modificarlos un ápice, año tras año.
Porque vivimos en un mundo mediado por la significación y cada educando aprende de manera distinta porque desde su propia historia, desde sus creencias y experiencias personalísimas, desde su irrepetible misterio, va atribuyendo significado a lo que aprende e incorporándolo a su propio proceso existencial.
Educar implica construir y desplantar, desarrollar y afinar, actualizar y resignificar continuamente los conocimientos, la forma en que se expresan estos, el sentido que se les atribuye y la aplicación concreta a la propia vida y a la convivencia social de todo lo que se va creando en ese proceso que, aunque sea planificado y pretendidamente medido, es siempre mágico, impredecible en sus consecuencias y misterioso en sus detalles profundos.
De ese proceso creativo va resultando la que como dice el filósofo canadiense Bernard Lonergan es la principal obra de arte de los seres humanos, que es su propia vida, el fondo y la forma en que van encarando el mundo y dándole forma al tiempo que se van conformando un talante, un carácter, una historia única e irrepetible.
Idealmente ese proceso está constituido como dice Freire, por el movimiento continuo, acumulativo y progresivo de tres elementos fundamentales que señala la cita que sirve de epígrafe a este artículo: pensamiento, lenguaje y realidad.
En la escuela se piensa en muchas cosas -o debería pensarse en muchas cosas- y ese pensamiento se va traduciendo en lenguaje con el que se formula lo aprendido desde lo que cada uno va comprendiendo y se van relacionando esas formulaciones con la realidad en la que se vive.
De la misma manera y en forma retroactiva y recursiva, la realidad es la fuente del pensamiento, la que da qué pensar, la que brinda los elementos para ir construyendo conocimiento que luego se convierte en lenguaje.
Pero también el lenguaje va creando y recreando pensamiento, al mismo tiempo que va construyendo realidad, de manera que hay un ciclo dinámico en el que cada uno de los elementos de esta tríada o triunidad se van influendo mutuamente para dar como resultado la formación integral del sujeto.
Como afirma Freire, entre más integralmente se va viviendo ese dinamismo en la triunidad pensamiento-lenguaje-realidad, más nos vamos transformando -los educandos pero también los educadores- en sujetos críticos del proceso de “…conocer, enseñar, aprender, leer, escribir, estudiar…”
Sujetos críticos en el sentido en que cuestionamos las relaciones entre los tres elementos y la consistencia entre lo que decimos, lo que pensamos y la realidad en que vivimos, en que no solamente creamos pensamiento que se vuelve lenguaje, sino que los confrontamos con el mundo a partir de la pregunta: ¿en realidad es así como lo pienso y como lo expreso o estoy equivocado?
Sin embargo, en nuestros días podemos constatar que tristemente, en el proceso educativo se ha ido abriendo una fractura que hace que cada vez sea más grande la distancia entre pensamiento, lenguaje y realidad, por lo que estamos en una educación que no es plenamente tal, porque se queda en indoctrinación, infodemia, discursos vacíos, conceptualismo y otros vicios muy difíciles de erradicar.
La primera cuestión a analizar es, viendo por separado los términos de esta triunidad, qué tanto ocurren en la formación de las futuras generaciones en nuestras escuelas y aulas de hoy.
Podemos y debemos preguntarnos: ¿Qué tanto hay pensamiento en el proceso educativo o qué tanto se trata de simple memorización de información, de datos carentes de significado que no se comprenden y mucho menos se cuestionan y verifican?
También podemos cuestionar por el lenguaje: ¿Qué calidad de lenguaje se maneja en el día a día de nuestras aulas escolares o universitarias? ¿Se trata de discursos con contenido y fondo o simplemente de palabrería hueca sin ningún sentido y contenido? ¿Comunica a los educandos la pasión por aprender y por pensar o transmite simplemente una simulación que pretende ser reproducida y repetida tantas veces como sea solicitado por el profesor?
Finalmente podemos y debemos también interrogarnos para indagar qué tanto lo que se aprende en las escuelas tiene que ver con la realidad y se contrasta con ella, puede servir para comprender y enfrentar, para hacerse cargo de la realidad o simplemente es un acervo enciclopédico de conceptos huecos que no tienen nada que ver con esa realidad desafiante, incierta y confusa en la que vive la humanidad hoy.
Una vez respondidas estas preguntas, habría que reflexionar sobre la relación, el dinamismo de esta triunidad y su presencia o ausencia en la formación escolar y universitaria de nuestros tiempos. ¿Qué tanto se da la relación entre pensamiento, lenguaje y realidad en nuestras aulas?
Desde mi punto de vista, la relación entre pensamiento y lenguaje -en caso de que ambos ocurran con la calidad indispensable en la educación escolarizada- esta rota por la dictadura de la corrección política, que es como la nueva inquisición de nuestros tiempos. En efecto, es difícil expresar lo que realmente se piensa sobre algún tema por el riesgo de ser inmediatamente cancelado o descalificado por los guardianes de lo políticamente correcto y la censura de lo que debe pensarse hoy.
Por otra parte, también esta fracturada la relación entre lenguaje y realidad. El discurso de los “otros datos” no es solamente parte de una estrategia político electoral de nuestro gobierno y sus fieles seguidores sino un reflejo de la sociedad en que vivimos y de la educación que recibimos en la que no puede afirmarse ni negarse nada respecto a la realidad, porque todo es válido, toda idea es respetable y toda información es filtrada por el tamiz de nuestras creencias, más que por el pensamiento crítico que busca argumentos, pruebas y evidencias.
Restaurar la triunidad entre pensamiento, lenguaje y realidad es uno de los mayores desafíos que tiene la educación y qué tienen que asumir los educadores y las instituciones educativas contemporáneas si quieren seguir siendo creíbles, verosímiles para sus educandos y no estimular la simulación como sinónimo de educación.
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Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).