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"Me violó y dijo que Dios así lo quería”: Fernando denuncia a cura de Veracruz

  • Carlos Navarrete
Durante 15 años, a partir de la década de los 80’s, Fernando fue víctima de violaciones sexuales en un municipio de Veracruz.

Veracruz, Ver.- A mediados de 1986, en el municipio de Apazapan, Fernando Morales Hernández, quien entonces tenía 10 años, fue víctima de abuso sexual presuntamente por parte del padre Carlos C. M. Las agresiones continuaron durante casi 15 años hasta que, a finales de la década de los noventas, la víctima escapó para, tiempo después, denunciar a su agresor ante la Fiscalía General del Estado (FGE).

“Él me violó y me dijo que no dijera nada, que todo esto era porque Dios así lo quería, que para ser buen sacerdote y para servir a Dios a veces había que hacer méritos y entre esos méritos era hacer eso y quedarse callado, porque no tenía uno que hablar, porque Dios castiga”, narra la víctima.

A raíz de la denuncia que presentó contra su agresor, Fernando, hoy de 50 años, recibió una serie de amenazas, así que decidió huir de Veracruz para exiliarse en otra entidad federativa desde dónde, vía telefónica, compartió su testimonio.

Las agresiones sexuales que se prolongaron durante casi 15 años le causaron daños psicológicos. En 1999 Fernando intentó, por primera vez, atentar contra su vida.

Una noche en Rinconada, la primera violación

La víctima tenía 10 años en aquel lejano 1986 cuando a su localidad de Rinconada, ubicada en el municipio de Emiliano Zapata, llegó el padre Carlos C. M. El cura, quien entonces tenía entre 30 y 35 año, arribó a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe solicitando a niños y jóvenes para que lo ayudaran como acólitos durante las misas.

La convocatoria llegó a Fernando, quién a través de la autorización de su madre Victorina Hernández Alemán comenzó a trabajar como asistente.

 

El padre rápidamente se ganó la confianza de la familia de Fernando, así que le resultó fácil, a mediados de 1986 –entre julio y agosto–, pedirle permiso a la madre del niño para que lo acompañara al municipio de Apazapan donde oficiaría misa en una conocida parroquia.

Con el argumento de que la misa se prolongó más de lo previsto, el padre le dijo a Fernando que tendrían que pasar la noche en Apazapan. Les habían acondicionado dos camas dentro de una galera ubicada frente a la iglesia, un lugar en el que regularmente se llevaban a cabo pláticas y reuniones de la iglesia. Ahí ocurrió la primera violación.

“Yo con algo de nervios porque estaba fuera de mi casa, era la primera vez que yo me quedaba fuera de mi casa, pues sí, algo temeroso. Después de eso, en la madrugada, yo estaba en la cama que me tocó y el padre se quedó en otra cama.

En la madrugada se pasó a mi cama y empezó a tocarme y pues yo con miedo me desperté rápido y le dije que eso no estaba bien, él me empezó a tocar y me dijo que no dijera nada, me tapó la boca con una mano, me volteo, me quitó la ropa y empezó a violarme.

Yo le decía que me estaba lastimando, que me dejara, que me lastimaba, me tapó la boca y me dijo que me callara, que todo estaba tranquilo y me violó, abusó de mí y pues yo diciéndole que eso estaba mal, que eso estaba mal, que me lastimaba, que se quitara”, relata un adulto Fernando. 

A partir de ese momento su vida no volvió a ser la misma. A los 10 años fue víctima de una violación. Al día siguiente, el padre y el acólito volvieron a Rinconada. Durante el camino el sacerdote tiró la ropa que la noche anterior vestía su víctima al momento de la agresión. 

“Y me dijo que si yo hablaba y decía algo que él le iba a decir a mi mamá que yo lo había tocado y que yo le había dicho que me hiciera eso y que además era parte de que si yo quería ser sacerdote era un proceso de Dios, que nos ponía a prueba y que si en realidad quería yo ser sacerdote como él, porque a él lo querían todos los sacerdotes, que tenía que quedarme callado y no decir nada”.

Fernando decidió no contarle a su madre lo que sucedió, pero las agresiones sexuales siguieron e incluso se prolongaron durante varios años. 

“A la hora que él quisiera y en el lugar que él quisiera yo tenía que estar con él, porque tenía yo que ir a las comunidades, a cualquier comunidad de ahí, ya sea antes de la misa o después de la misa, en el río, donde él quisiera, donde él quisiera y poco a poco fueron más amenazas, amenazándome de que si yo hablaba él iba a hablar con mi mamá, que él tenía mucho poder en la iglesia y que nadie me iba a hacer caso y que hasta con el gobierno tenía poder”, dice.

“Otro cura me dijo ‘Que Dios te perdone’”

Carlos C. M. fue sacerdote de la iglesia de Rinconada durante aproximadamente cuatro años hasta que fue cambiado a Río Blanco. Entonces el padre buscó a la mamá de Fernando para pedirle que su hijo lo acompañara a su nueva encomienda. Ella aceptó.

“Le dijo que iba a hacer de mí como si fuera su hijo, que me iba a dar estudios ya que mi mamá no podía darme estudios y que tiene más hijos y trabaja. Entonces le prometió a mi mamá darme estudios y hacerme un hombre de bien, pero yo no sabía cómo decirle a mi mamá que no quería ir. Mi mamá aceptó y yo no tuve más remedio porque estaba amenazado”, recuerda Fernando. 

Durante ese tiempo el sacerdote viajó a Roma, así que Fernando aprovechó para trasladarse a Rinconada, donde platicó con el párroco de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, José Solís Luna, a quien le contó los hechos.

“Y lo único que me dijo el padre José Solís Luna fue ‘reza tres padres nuestros y dos aves marías para que Dios te perdone, porque a veces es necesario rezar, porque Dios quiere gente que no hable, que siga lo que uno les está diciendo’, ahí fue donde yo me di cuenta que era cierto lo que él me decía”.

Los abusos siguieron en Río Blanco hasta finales de la década de los noventas, cuando Fernando escapó de su agresor. 

“En Río Blanco, en el 99, ya para el 2000, yo decidí irme porque yo ya había atentado contra mi vida, porque ya no aguantaba, ya no aguantaba los regaños, los golpes, las amenazas y las violaciones, decirle que ya no aguantaba, ya no lo soportaba, entonces en el 99 decidí irme y él diciéndome ‘si tú te vas, si tú atraviesas esa puerta voy a hablar y voy a decir que tú me robaste y te voy a meter a la cárcel y voy a ir a buscar a tu mamá y a tu familia y los voy a golpear y de mí te vas a arrepentir y de mí te vas a acordar’ y me fui”.

Aunque intentó volver a Rinconada, decidió que lo mejor era huir de Veracruz. Los años transcurrieron hasta que, en 2019, en medio de una depresión, Fernando intentó quitarse la vida por segunda ocasión. El hecho no se consumó gracias a la intervención de una vecina.

Fue así que Fernando le confesó los hechos a su madre, le contó cómo fue que el presunto pederasta comenzó a agredirlo sexualmente a la edad de 10. La mujer le creyó a su hijo y se dirigió a la localidad de Estanzuela, en Emiliano Zapata, dónde se encontraba Carlos C. M.; ahí encaró al presunto agresor, quien reconoció los hechos.

“El padre aceptó el daño que me había hecho y le dijo a mi mamá ‘sí, ya él intentó matarse, no se preocupe, en Río Blanco, en la parroquia, quiso hacer lo mismo, ya déjelo, el chamaco está enfermo’, para qué ayudar a una gente enferma y haga usted lo que quiera, no me interesa porque ustedes no van a poder hacer nada en contra mía”, le dijo el cura a la madre.

Fernando denunció a su agresor. Acudió ante la Fiscalía General del Estado (FGE) donde comenzó un largo y humillante proceso burocrático en el que no recibió la atención que esperaba. “No hicieron nada”, aseguró. En 2022 nuevamente acudió ante la dependencia, donde le recibieron la denuncia.

“Una doctora me revisó y cuando me revisaba me dijo ‘oye y nada más él te daba o tú también le dabas’ y yo no le contesté nada a la doctora perito, porque no supe qué contestarle, porque se me hizo una falta de respeto hacia mí”.
La denuncia interpuesta contra el sacerdote fue filtrada a la iglesia católica desde la misma fiscalía.

 

“La doctora perito les avisó a esos sacerdotes y ellos fueron a hablar con la fiscal, a decirles que quitaran la denuncia porque habían hablado conmigo, algo que no fue cierto y es así donde empieza el juego de la corrupción entre el clero, la iglesia y la fiscalía”.

El presbítero Juan Beristain de los Santos, director de la Oficina de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Xalapa, se refirió en septiembre del 2023 al caso del padre Carlos C. M. y en entrevista para un medio de comunicación afirmó que la denuncia ya había sido desestimada. Afirmó que la víctima no logró acreditar que fue víctima de abuso por parte del sacerdote. 

“No existen denuncias de casos en este momento. En el caso de una denuncia civil que enfrentaba la Arquidiócesis, de un hombre que acusaba a un sacerdote de una situación ocurrida hace 30 años, ese tema ya culminó de forma legal”, comentó en aquel momento.

Con un nuevo abogado, identificado como Fernando Galindo, la víctima ratificó la denuncia en contra de su agresor en marzo del 2025. El Ministerio Público, obligado a mandar a llamar al padre, aparentemente prolongó dicha acción.  Ante la lentitud en el proceso, Fernando y su abogado se vieron obligados a investigar el lugar de residencia del sacerdote para que le hicieran llegar el citatorio. El presunto pederasta alegó en enero pasado supuestos problemas de salud y que por tal motivo no podía atender el llamado de las autoridades que lo investigan.

“Tuvimos que investigar dónde vivía, dónde lo localizábamos y llevarle el citatorio, porque la fiscal y el MP no querían hacer nada, incluso le dimos hasta dos mil pesos al MP para que pudiera él dejarle el citatorio”.

A 40 años de que comenzaron los hechos en Apazapan, Fernando, actualmente exiliado en otro estado del país, indicó que son aproximadamente 15 las víctimas de Carlos C. M., quien en la actualidad ocupa el cargo de presbítero y tiene entre 70 y 80 años.

En septiembre se reanudarán las investigaciones. Fernando tendrá que acudir ante la autoridad ministerial para ampliar su declaración y ser revisado por un médico legista.

“El próximo 18 de septiembre tiene que ir mi licenciado para que le den cita para que yo vaya a hacer mis periciales, lo del psicólogo y lo del doctor legista. En enero (de 2026) fue cuando citaron al sacerdote a declarar, fue la fiscal número 7 quien lo mandó a llamar, pero él fue a hablar con la fiscal, a decirle que se sentía mal, que estaba mal de salud y que no podía asistir y la fiscal le dijo que no se preocupara que después le avisaban qué pasaba”, finaliza.