Las deudas del amor

  • Teresa Carbajal

Prestar la tarjeta, sacar un crédito a tu nombre, aunque el dinero no sea para ti, servir de aval o en pocas palabras responder por alguien más de una deuda, es algo que solo podemos hacer por un amigo, familiar muy cercano, o por la pareja, desafortunadamente, como en el amor, no siempre vas a ser correspondido en la confianza y en el respaldo para cumplir con el compromiso.

Por eso es muy importante tener presente que para hacer de aval o de prestanombres debes tener la solvencia, liquidez y tiempo para participar en todo lo que cada asunto signifique, aún y que no recibas ningún beneficio económico por ello, salvo la satisfacción de poder brindar ayuda a tu ser querido.

Febrero es el mes ideal para hablar de los avales, que mejor marco que el mes del amor para comprender esos motivos que nos mueven a dar la firma a ojos cerrados y reflexionar sobre aquellos casos en que es mejor decir que no, y correr el riesgo de perder la amistad.

Con mucha frecuencia recibimos en el Barzón casos de avales, unos arrepentidos, otros ya resignados a tener que completar el dinero para sacar adelante el asunto, y otros enterándose al “cuarto para las doce” que están a punto de perder su casa o sus bienes porque su avalado (a) simplemente se desentendió del asunto.

Un caso muy reciente, fue el de dos hermanas, ambas casadas y que siempre se llevaron muy bien; con el tiempo los esposos de ambas también entraron en la dinámica familiar y el hecho reforzó aún más el vínculo familiar.

En cierta ocasión el esposo de la hermana mayor que era abogado, le propuso al esposo de la hermana menor que era comerciante, hacer un negocio, el negocio consistía en que el primero se había percatado de las altas ganancias que representaba el negocio del agiotismo, es decir el préstamo de dinero a diversas personas a cambio de un alto porcentaje en el pago de los intereses.

La situación es que el abogado no contaba con dinero y tampoco con bienes, pero sí conocía a una persona que prestaba dinero, el plan era pedir prestado y a su vez prestar ese dinero, para que les pagaran intereses más altos que los que ellos tendrían que pagar por el dinero.

Su concuño el comerciante tenía bienes a su nombre, requisito para que obtuvieran el capital y comenzaran con el negocio. El abogado prestaría el dinero, y si las personas no pagaban el mismo los demandaría.

Con el argumento convenció al concuño y este accedió a que a su nombre se pidiera el dinero, así firmó pagarés, hipotecó su casa e hizo todo lo que el autor de la idea del negocio le dijo.

Para que no quedara duda de lo “derecho” del trato, los dos nuevos empresarios, involucraron a las hermanas para que estuvieran enteradas de lo que harían y de las ganancias a obtener, acompañados de sus esposas entregaron el dinero y sellaron el trato entre risas, y dejaron que el tiempo diera los frutos de aquella gran idea.

Sucedió que el tiempo no les dio la razón, y todo salió mal; el dinero nunca se recuperó y el comerciante fue demandado por el prestamista profesional para pagar la deuda. Así comenzó el calvario aquel, pues de inversionista terminó en cobrador del abogado, quien nunca respondió de la deuda, pues de su parte no había documento alguno firmado por el recibo del monto entregado, y así lo sostuvo siempre, sencillamente no había forma legal de hacerle responder de la deuda.

Las molestias de una y de otra parte no tardaron en acontecer, al grado de terminar enfrentadas las dos hermanas y hasta los primos, pues mientras uno corría el riesgo de perder su casa el otro no tenía para cuando juntar el dinero.

El destino llamó primero a cuentas al autor de la idea y después al socio, dejando a las viudas el problema a resolver, sin que pudiera arreglarse nada pues el juicio de cobranza avanzada ferozmente hacia el remate de la propiedad, motivo por el cual tuvieron que intervenir los hijos, quienes ya para ese entonces mayores de edad y profesionistas, ratificaron las posturas de sus padres.

Para concluir en que ya no estaba el que recibió el dinero y que le fueran a cobrar al panteón. A veces es mejor pasar un momento bochornoso al negarse a otorgar una firma o aval, y no arriesgarse a perderlo todo.

 

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